viernes, 4 de mayo de 2007

UTENA - LA PELICULA


Cuando era muy niña Utena Tenjo perdió a sus padres tras un terrible accidente, y su propia vida fue salvada gracias a la ayuda del principe de sus sueños. El destino llevó a la joven, decidida a adoptar la imágen de su héroe salvador, al extravagante instituto Otori, en donde se verá inmersa en una trama de conspiraciones por la revolución del mundo y encontrará a un antiguo amor perdido, además de uno nuevo completamente distinto...
Utena a la edad de 6 años pierde a sus padres quedando huérfana. La pobre queda sumisa en una gran tristeza hasta que un príncipe la salva regalándole un anillo con el Emblema de la Rosa como prueba de su reencuentro. La niña queda muy impresionada por ese galante príncipe y decide convertirse a lo más parecido a él.



A partir de allí comienza la historia, sólo que ahora Utena tiene 14 años y estudia en la academia Ohtori. Allí está su mejor amiga Wakaba Shinohara, quien le trata de una forma un tanto rara. Un día un grupo de estudiantes se ríen de una carta colgada en el tablón de anuncios. Parece una carta de amor escrita por Wakaba a Saionji, el capitán del club de Kendo. Utena está indignada y decide retarle a un duelo para salvar el honor de su mejor amiga. Su sorpresa es al descubrir todo el "jueguito" que se tienen montado los del Consejo Estudiantil. Este consejo está formado por Miki Kaoru, un joven superdotado practicante de la esgrima y todo un artista con el piano; Juri Arisugawa, una chica demasiado orgullosa y e incapaz de exteriorizar sus sentimientos; Kyouichi Saionji, vicepresidente del Consejo Estudiantil y enamorado de Anthy Himemiya aunque parezca todo lo contrario; Touga Kiryuu, presidente del Consejo del Estudiantil, mejor amigo de Saionji y enamorado de Utena desde el primer día; y Nanami Kiryuu, hermana de Touga, locamente enamorada de él y celosa hasta la médula.
Pese a que Utena no entiende nada, decide batirse con Saionji y sale vencedora. A causa de ello, Utena queda prometida con la Novia de la Rosa (Anthy Himemiya). Por las normas del Consejo deberán dormir en la misma habitación en un edificio deshabitado desde hace 10 años y que dicen estar embrujado. Pero no están ellas dos solas, también les acompaña Chuchu (esa especie de mascota que parece un experimento científico).
Esto es sólo el principio. A partir de aquí todos los duelistas comenzarán a retar a Utena para arrebatarle a la Novia de la Rosa y así conseguir el poder para revolucionar el mundo. De todos ellos solamente uno consigue vencerla, pero finalmente no resulta servirle para nada. La relación entre Utena y Anthy cada vez se hará más estrecha hasta llegar a un punto un tanto "especial". Utena lo hará todo para proteger a Anthy, pues ella quiere que Anthy sea libre y nadie sea su "dueño".
Ya para acabar, si te has quedado con más ganas de morbo entre Utena y Anthy la película Adolescense Mokushiroku te satisfará totalmente.

© 1997 Be-Papas. SAITO
CHIHO/SHOGAKUKAN.SHOKAKU TV-TOKYO.
© 1999-2000 Shojo Kakumei UTENA Seisaku Iinkai.

Con una super calidad de video (solo el DVD se ve mejor), los lyrics de las canciones vienen al español y además está traducida por el fansub de sigma ix, no se puede pedir más, esta pelicula merece la pena verla. No os preocupéis si no habéis visto la serie, ya que aunque la trama de la pelicula está basada en la serie, el final es totalmente distinto, además de que la historia de algunos personajes no es la misma que en la serie.
Utena Tenou es la preciosa nueva estudiante de la academia Ohtori Academy, que, despues de su ruptura con Touga, el presidente del cuerpo de estudiantes, ha adoptado la identidad de un chico. Un dia, recibe un anillo de una de "Las Rosas" en el jardin de la escuela y surgido de la nada, aparece un estadio aparece en el cielo.

En el escenario del duelo, la Novia Rosa y el poder de revolucionar el mundo esperan.

Info: Frozen-Layer



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el pozo y el pendulo

El pozo y el péndulo (título original en inglés: The Pit and the Pendulum) es una de los cuentos más famosos y celebrados de Edgar Allan Poe. Está considerado como uno de los relatos más espeluznantes dentro de la literatura de terror, pues transmite el abandono, la desorientación, el desconcierto y la desesperanza de una persona que sabe que va a morir.


En él Poe demuestra su dominio sobre el lenguaje y las técnicas narrativas más efectivas para hacernos sentir partícipes de los agobiantes pensamientos que tiene el torturado. El protagonista comienza el relato agotado en una oscura celda de castigo de la Inquisición, donde la tortura consiste en el abandono, la oscuridad, el frío y el hambre. El nombre del relato proviene de un pozo situado dentro de la celda en el que el protagonista siente a veces deseos de lanzarse para acabar con su sufrimiento y un péndulo con una guadaña con el que le torturan.
Estaba agotado, agotado hasta no poder más, por aquella larga agonía. Cuando, por último, me desataron y pude sentarme, noté que perdía el conocimiento. La sentencia, la espantosa sentencia de muerte, fue la última frase claramente acentuada que llegó a mis oídos. Luego, el sonido de las voces de los inquisidores me pareció que se apagaba en el indefinido zumbido de un sueño. El ruido aquel provocaba en mi espíritu una idea de rotación, quizá a causa de que lo asociaba en mis pensamientos con una rueda de molino. Pero aquello duró poco tiempo, porque, de pronto, no oí nada más. No obstante, durante algún rato pude ver, pero ¡con qué terrible exageración! Veía los labios de los jueces vestidos de negro: eran blancos, más blancos que la hoja de papel sobre la que estoy escribiendo estas palabras; y delgados hasta lo grotesco, adelgazados por la intensidad de su dura expresión, de su resolución inexorable, del riguroso desprecio al dolor humano. Veía que los decretos de lo que para mí representaba el Destino salían aún de aquellos labios. Los vi retorcerse en una frase mortal, les vi pronunciar las sílabas de mi nombre, y me estremecí al ver que el sonido no seguía al movimiento.



Durante varios momentos de espanto frenético vi también la blanda y casi imperceptible ondulación de las negras colgaduras que cubrían las paredes de la sala, y mi vista cayó entonces sobre los siete grandes hachones que se habían colocado sobre la mesa. Tomaron para mí, al principio, el aspecto de la caridad, y los imaginé ángeles blancos y esbeltos que debían salvarme. Pero entonces, y de pronto, una náusea mortal invadió mi alma, y sentí que cada fibra de mi ser se estremecía como si hubiera estado en contacto con el hilo de una batería galvánica. Y las formas angélicas convertíanse en insignificantes espectros con cabeza de llama, y claramente comprendí que no debía esperar de ellos auxilio alguno. Entonces, como una magnífica nota musical, se insinuó en mi imaginación la idea del inefable reposo que nos espera en la tumba. Llegó suave, furtivamente; creo que necesité un gran rato para apreciarla por completo. Pero en el preciso instante en que mi espíritu comenzaba a sentir claramente esa idea, y a acariciarla, las figuras de los jueces se desvanecieron como por arte de magia; los grandes hachones se redujeron a la nada; sus llamas se apagaron por completo, y sobrevino la negrura de las tinieblas; todas las sensaciones parecieron desaparecer como en una zambullida loca y precipitada del alma en el Hades. Y el Universo fue sólo noche, silencio, inmovilidad.

Estaba desvanecido. Pero, no obstante, no puedo decir que hubiese perdido la conciencia del todo. La que me quedaba, no intentaré definirla, ni describirla siquiera. Pero, en fin, todo no estaba perdido. En medio del más profundo sueño..., ¡no! En medio del delirio..., ¡no! En medio del desvanecimiento..., ¡no! En medio de la muerte..., ¡no! Si fuera de otro modo, no habría salvación para el hombre. Cuando nos despertamos del más profundo sueño, rompemos la telaraña de algún sueño. Y, no obstante, un segundo más tarde es tan delicado este tejido, que no recordamos haber soñado.

Dos grados hay, al volver del desmayo a la vida: el sentimiento de la existencia moral o espiritual y el de la existencia física. Parece probable que si, al llegar al segundo grado, hubiéramos de evocar las impresiones del primero, volveríamos a encontrar todos los recuerdos elocuentes del abismo trasmundano. ¿Y cuál es ese abismo? ¿Cómo, al menos, podremos distinguir sus sombras de las de la tumba? Pero si las impresiones de lo que he llamado primer grado no acuden de nuevo al llamamiento de la voluntad, no obstante, después de un largo intervalo, ¿no aparecen sin ser solicitadas, mientras, maravillados. nos preguntamos de dónde proceden? Quien no se haya desmayado nunca no descubrirá extraños palacios y casas singularmente familiares entre las ardientes llamas; no será el que contemple, flotantes en el aire, las visiones melancólicas que el vulgo no puede vislumbrar, no será el que medite sobre el perfume de alguna flor desconocida, ni el que se perderá en el misterio de alguna melodía que nunca hubiese llamado su atención hasta entonces.

En medio de mis repetidos e insensatos esfuerzos, en medio de mi enérgica tenacidad en recoger algún vestigio de ese estado de vacío aparente en el que mi alma había caído, hubo instantes en que soñé triunfar. Tuve momentos breves, brevísimos en que he llegado a condensar recuerdos que en épocas posteriores mi razón lúcida me ha afirmado no poder referirse sino a ese estado en que parece aniquilada la conciencia. Muy confusamente me presentan esas sombras de recuerdos grandes figuras que me levantaban, transportándome silenciosamente hacia abajo, aún más hacia abajo, cada vez más abajo, hasta que me invadió un vértigo espantoso a la simple idea del infinito en descenso.

También me recuerdan no sé qué vago espanto que experimentaba el corazón, precisamente a causa de la calma sobrenatural de ese corazón. Luego el sentimiento de una repentina inmovilidad en todo lo que me rodeaba, como si quienes me llevaban, un cortejo de espectros, hubieran pasado, al descender, los límites de lo ilimitado, y se hubiesen detenido, vencidos por el hastío infinito de su tarea. Recuerda mi alma más tarde una sensación de insipidez y de humedad; después, todo no es más que locura, la locura de una memoria que se agita en lo abominable.

De pronto vuelven a mi alma un movimiento y un sonido: el movimiento tumultuoso del corazón y el rumor de sus latidos. Luego, un intervalo en el que todo desaparece. Luego, el sonido de nuevo, el movimiento y el tacto, como una sensación vibrante penetradora de mi ser. Después la simple conciencia de mi existencia sin pensamiento, sensación que duró mucho. Luego, bruscamente, el pensamiento de nuevo, un temor que me producía escalofríos y un esfuerzo ardiente por comprender mi verdadero estado. Después, un vivo afán de caer en la insensibilidad. Luego, un brusco renacer del alma y una afortunada tentativa de movimiento. Entonces, el recuerdo completo del proceso, de los negros tapices, de la sentencia, de mi debilidad, de mi desmayo. Y el olvido más completo en torno a lo que ocurrió más tarde. Únicamente después, y gracias a la constancia más enérgica, he logrado recordarlo vagamente.

No había abierto los ojos hasta ese momento. Pero sentía que estaba tendido de espaldas y sin ataduras. Extendí la mano y pesadamente cayó sobre algo húmedo y duro. Durante algunos minutos la dejé descansar así, haciendo esfuerzos por adivinar dónde podía encontrarme y lo que había sido de mí. Sentía una gran impaciencia por hacer uso de mis ojos, pero no me atreví. Tenía miedo de la primera mirada sobre las cosas que me rodeaban. No es que me aterrorizara contemplar cosas horribles, sino que me aterraba la idea de no ver nada.

A la larga, con una loca angustia en el corazón, abrí rápidamente los ojos. Mi espantoso pensamiento hallábase, pues, confirmado. Me rodeaba la negrura de la noche eterna. Me parecía que la intensidad de las tinieblas me oprimía y me sofocaba. La atmósfera era intolerablemente pesada. Continué acostado tranquilamente e hice un esfuerzo por emplear mi razón. Recordé los procedimientos inquisitoriales, y, partiendo de esto, procuré deducir mi posición verdadera. Había sido pronunciada la sentencia y me parecía que desde entonces había transcurrido un largo intervalo de tiempo. No obstante, ni un solo momento imaginé que estuviera realmente muerto.

A pesar de todas las ficciones literarias, semejante idea es absolutamente incompatible con la existencia real. Pero ¿dónde me encontraba y cuál era mi estado? Sabía que los condenados a muerte morían con frecuencia en los autos de fe. La misma tarde del día de mi juicio habíase celebrado una solemnidad de esta especie. ¿Me habían llevado, acaso, de nuevo a mi calabozo para aguardar en él el próximo sacrificio que había de celebrarse meses más tarde? Desde el principio comprendí que esto no podía ser. Inmediatamente había sido puesto en requerimiento el contingente de víctimas. Por otra parte, mi primer calabozo, como todas las celdas de los condenados, en Toledo, estaba empedrado y había en él alguna luz.

Repentinamente, una horrible idea aceleró mi sangre en torrentes hacia mi corazón, y durante unos instantes caí de nuevo en mi insensibilidad. Al volver en mí, de un solo movimiento me levanté sobre mis pies, temblando convulsivamente en cada fibra. Desatinadamente, extendí mis brazos por encima de mi cabeza y a mi alrededor, en todas direcciones. No sentí nada. No obstante, temblaba a la idea de dar un paso, pero me daba miedo tropezar contra los muros de mi tumba. Brotaba el sudor por todos mis poros, y en gruesas gotas frías se detenía sobre mi frente. A la larga, se me hizo intolerable la agonía de la incertidumbre y avancé con precaución, extendiendo los brazos y con los ojos fuera de sus órbitas, con la esperanza de hallar un débil rayo de luz. Di algunos pasos, pero todo estaba vacío y negro. Respiré con mayor libertad. Por fin, me pareció evidente que el destino que me habían reservado no era el más espantoso de todos.

Y entonces, mientras precavidamente continuaba avanzando, se confundían en masa en mi memoria mil vagos rumores que sobre los horrores de Toledo corrían. Sobre estos calabozos contábanse cosas extrañas. Yo siempre había creído que eran fábulas; pero, sin embargo, eran tan extraños, que sólo podían repetirse en voz baja. ¿Debía morir yo de hambre, en aquel subterráneo mundo de tinieblas, o qué muerte más terrible me esperaba? Puesto que conocía demasiado bien el carácter de mis jueces, no podía dudar de que el resultado era la muerte, y una muerte de una amargura escogida. Lo que sería, y la hora de su ejecución, era lo único que me preocupaba y me aturdía.

Mis extendidas manos encontraron, por último un sólido obstáculo. Era una pared que parecía construida de piedra, muy lisa, húmeda y fría. La fui siguiendo de cerca, caminando con la precavida desconfianza que me habían inspirado ciertas narraciones antiguas. Sin embargo, esta operación no me proporcionaba medio alguno para examinar la dimensión de mi calabozo, pues podía dar la vuelta y volver al punto de donde había partido sin darme cuenta de lo perfectamente igual que parecía la pared. En vista de ello busqué el cuchillo que guardaba en uno de mis bolsillos cuando fui conducido al tribunal. Pero había desaparecido, porque mis ropas habían sido cambiadas por un traje de grosera estameña.

Con objeto de comprobar perfectamente mi punto de partida, había pensado clavar la hoja en alguna pequeña grieta de la pared. Sin embargo, la dificultad era bien fácil de ser solucionada, y, no obstante, al principio, debido al desorden de mi pensamiento, me pareció insuperable. Rasgué una tira de la orla de mi vestido y la coloqué en el suelo en toda su longitud, formando un ángulo recto con el muro. Recorriendo a tientas mi camino en torno a mi calabozo, al terminar el circuito tendría que encontrar el trozo de tela. Por lo menos, esto era lo que yo creía, pero no había tenido en cuenta ni las dimensiones de la celda ni mi debilidad. El terreno era húmedo y resbaladizo. Tambaleándome, anduve durante algún rato. Después tropecé y caí. Mi gran cansancio me decidió a continuar tumbado, y no tardó el sueño en apoderarse de mí en aquella posición.

Al despertarme y alargar el brazo hallé a mi lado un pan y un cántaro con agua. Estaba demasiado agotado para reflexionar en tales circunstancias, y bebí y comí ávidamente. Tiempo más tarde reemprendí mi viaje en torno a mi calabozo, y trabajosamente logré llegar al trozo de estameña. En el momento de caer había contado ya cincuenta y dos pasos, y desde que reanudé el camino hasta encontrar la tela, cuarenta y ocho. De modo que medía un total de cien pasos, y suponiendo que dos de ellos constituyeran una yarda, calculé en unas cincuenta yardas la circunferencia de mi calabozo. Sin embargo, había tropezado con numerosos ángulos en la pared, y esto impedía el conjeturar la forma de la cueva, pues no había duda alguna de que aquello era una cueva.

No ponía gran interés en aquellas investigaciones, y con toda seguridad estaba desalentado. Pero una vaga curiosidad me impulsó a continuarlas. Dejando la pared, decidí atravesar la superficie de mi prisión. Al principio procedí con extrema precaución, pues el suelo, aunque parecía ser de una materia dura, era traidor por el limo que en él había. No obstante, al cabo de un rato logré animarme y comencé a andar con seguridad, procurando cruzarlo en línea recta.

De esta forma avancé diez o doce pasos, cuando el trozo rasgado que quedaba de orla se me enredó entre las piernas, haciéndome caer de bruces violentamente.

En la confusión de mi caída no noté al principio una circunstancia no muy sorprendente y que, no obstante, segundos después, hallándome todavía en el suelo, llamó mi atención. Mi barbilla apoyábase sobre el suelo del calabozo, pero mis labios y la parte superior de la cabeza, aunque parecían colocados a menos altura que la barbilla, no descansaban en ninguna parte. Me pareció, al mismo tiempo, que mi frente se empapaba en un vapor viscoso y que un extraño olor a setas podridas llegaba hasta mi nariz. Alargué el brazo y me estremecí, descubriendo que había caído al borde mismo de un pozo circular cuya extensión no podía medir en aquel momento. Tocando las paredes precisamente debajo del brocal, logré arrancar un trozo de piedra y la dejé caer en el abismo. Durante algunos segundos presté atención a sus rebotes. Chocaba en su caída contra las paredes del pozo. Lúgubremente, se hundió por último en el agua, despertando ecos estridentes. En el mismo instante dejóse oír un ruido sobre mi cabeza, como de una puerta abierta y cerrada casi al mismo tiempo, mientras un débil rayo de luz atravesaba repentinamente la oscuridad y se apagaba en seguida.

Con toda claridad vi la suerte que se me preparaba, y me felicité por el oportuno accidente que me había salvado. Un paso más, y el mundo no me hubiera vuelto a ver. Aquella muerte, evitada a tiempo, tenía ese mismo carácter que había yo considerado como fabuloso y absurdo en las historias que sobre la Inquisición había oído contar. Las víctimas de su tiranía no tenían otra alternativa que la muerte, con sus crueles agonías físicas o con sus abominables torturas morales. Esta última fue la que me había sido reservada. Mis nervios estaban abatidos por un largo sufrimiento, hasta el punto que me hacía temblar el sonido de mi propia voz, y me consideraba por todos motivos una víctima excelente para la clase de tortura que me aguardaba.

Temblando, retrocedí a tientas hasta la pared, decidido a dejarme morir antes que afrontar el horror de los pozos que en las tinieblas de la celda multiplicaba mi imaginación. En otra situación de ánimo hubiese tenido el suficiente valor para concluir con mis miserias de una sola vez, lanzándome a uno de aquellos abismos, pero en aquellos momentos era yo el más perfecto de los cobardes. Por otra parte, me era imposible olvidar lo que había leído con respecto a aquellos pozos, de los que se decía que la extinción repentina de la vida era una esperanza cuidadosamente excluida por el genio infernal de quien los había concebido.

Durante algunas horas me tuvo despierto la agitación de mi ánimo. Pero, por último, me adormecí de nuevo. Al despertarme, como la primera vez, hallé a mi lado un pan y un cántaro de agua. Me consumía una sed abrasadora, y de un trago vacíe el cántaro. Algo debía de tener aquella agua, pues apenas bebí sentí unos irresistibles deseos de dormir. Caí en un sueño profundo parecido al de la muerte. No he podido saber nunca cuánto tiempo duró; pero, al abrir los ojos, pude distinguir los objetos que me rodeaban. Gracias a una extraña claridad sulfúrea, cuyo origen no pude descubrir al principio, podía ver la magnitud y aspecto de mi cárcel.

Me había equivocado mucho con respecto a sus dimensiones. Las paredes no podían tener más de veinticinco yardas de circunferencia. Durante unos minutos, ese descubrimiento me turbó grandemente, turbación en verdad pueril, ya que, dadas las terribles circunstancias que me rodeaban, ¿qué cosa menos importante podía encontrar que las dimensiones de mi calabozo? Pero mi alma ponía un interés extraño en las cosas nimias, y tenazmente me dediqué a darme cuenta del error que había cometido al tomar las medidas a aquel recinto. Por último se me apareció como un relámpago la luz de la verdad. En mi primera exploración había contado cincuenta y dos pasos hasta el momento de caer. En ese instante debía encontrarme a uno o dos pasos del trozo de tela. Realmente, había efectuado casi el circuito de la cueva. Entonces me dormí, y al despertarme, necesariamente debí de volver sobre mis pasos, creando así un circuito casi doble del real. La confusión de mi cerebro me impidió darme cuenta de que había empezado la vuelta con la pared a mi izquierda y que la terminaba teniéndola a la derecha.

También me había equivocado por lo que respecta a la forma del recinto. Tanteando el camino, había encontrado varios ángulos, deduciendo de ello la idea de una gran irregularidad; tan poderoso es el efecto de la oscuridad absoluta sobre el que sale de un letargo o de un sueño. Los ángulos eran, sencillamente, producto de leves depresiones o huecos que se encontraban a intervalos desiguales. La forma general del recinto era cuadrada. Lo que creí mampostería parecía ser ahora hierro u otro metal dispuesto en enormes planchas, cuyas suturas y junturas producían las depresiones.

La superficie de aquella construcción metálica estaba embadurnada groseramente con toda clase de emblemas horrorosos y repulsivos, nacidos de la superstición sepulcral de los frailes. Figuras de demonios con amenazadores gestos, con formas de esqueleto y otras imágenes del horror más realista llenaban en toda su extensión las paredes. Me di cuenta de que los contornos de aquellas monstruosidades estaban suficientemente claros, pero que los colores parecían manchados y estropeados por efecto de la humedad del ambiente. Vi entonces que el suelo era de piedra. En su centro había un pozo circular, de cuya boca había yo escapado, pero no vi que hubiese alguno más en el calabozo.

Todo esto lo vi confusamente y no sin esfuerzo, pues mi situación física había cambiado mucho durante mi sueño. Ahora, de espaldas, estaba acostado cuan largo era sobre una especie de armadura de madera muy baja. Estaba atado con una larga tira que parecía de cuero. Enrollábase en distintas vueltas en torno a mis miembros y a mi cuerpo, dejando únicamente libres mi cabeza y mi brazo izquierdo. Sin embargo, tenía que hacer un violento esfuerzo para alcanzar el alimento que contenía un plato de barro que habían dejado a mi lado sobre el suelo. Con verdadero terror me di cuenta de que el cántaro había desaparecido, y digo con terror porque me devoraba una sed intolerable. Creí entonces que el plan de mis verdugos consistía en exasperar esta sed, puesto que el alimento que contenía el plato era una carne cruelmente salada.

Levanté los ojos y examiné el techo de mi prisión. Hallábase a una altura de treinta o cuarenta pies y parecíase mucho, por su construcción, a las paredes laterales. En una de sus caras llamó mi atención una figura de las más singulares. Era una representación pintada del Tiempo, tal como se acostumbra representarle, pero en lugar de la guadaña tenía un objeto que a primera vista creí se trataba de un enorme péndulo como los de los relojes antiguos. No obstante, algo había en el aspecto de aquella máquina que me hizo mirarla con más detención.

Mientras la observaba directamente, mirando hacia arriba, pues hallábase colocada exactamente sobre mi cabeza, me pareció ver que se movía. Un momento después se confirmaba mi idea. Su balanceo era corto y, por tanto, muy lento. No sin cierta desconfianza, y, sobre todo, con extrañeza la observé durante unos minutos. Cansado, al cabo de vigilar su fastidioso movimiento, volví mis ojos a los demás objetos de la celda.

Un ruido leve atrajo mi atención. Miré al suelo y vi algunas enormes ratas que lo cruzaban. Habían salido del pozo que yo podía distinguir a mi derecha. En ese instante, mientras las miraba, subieron en tropel, a toda prisa, con voraces ojos y atraídas por el olor de la carne. Me costó gran esfuerzo y atención apartarlas.

Transcurrió media hora, tal vez una hora—pues apenas imperfectamente podía medir el tiempo— cuando, de nuevo, levanté los ojos sobre mí. Lo que entonces vi me dejó atónito y sorprendido. El camino del péndulo había aumentado casi una yarda, y, como consecuencia natural, su velocidad era también mucho mayor. Pero, principalmente, lo que más me impresionó fue la idea de que había descendido visiblemente. Puede imaginarse con qué espanto observé entonces que su extremo inferior estaba formado por media luna de brillante acero, que, aproximadamente, tendría un pie de largo de un cuerno a otro. Los cuernos estaban dirigidos hacia arriba, y el filo inferior, evidentemente afilado como una navaja barbera. También parecía una navaja barbera, pesado y macizo, y ensanchábase desde el filo en una forma ancha y sólida. Se ajustaba a una gruesa varilla de cobre, y todo ello silbaba moviéndose en el espacio.

Ya no había duda alguna con respecto a la suerte que me había preparado la horrible ingeniosidad monacal. Los agentes de la Inquisición habían previsto mi descubrimiento del pozo; del pozo, cuyos horrores habían sido reservados para un hereje tan temerario como yo; del pozo, imagen del infierno, considerado por la opinión como la Ultima Tule de todos los castigos. El más fortuito de los accidentes me había salvado de caer en él, y yo sabia que el arte de convertir el suplicio en un lazo y una sorpresa constituía una rama importante de aquel sistema fantástico de ejecuciones misteriosas. Por lo visto, habiendo fracasado mi caída en el pozo, no figuraba en el demoníaco plan arrojarme a él. Por tanto, estaba destinado, y en este caso sin ninguna alternativa, a una muerte distinta y más dulce ¡Mas dulce! En mi agonía, pensando en el uso singular que yo hacía de esta palabra, casi sonreí.

¿Para qué contar las largas, las interminables horas de horror, más que mortales, durante las que conté las vibrantes oscilaciones del acero? Pulgada a pulgada, línea a línea, descendía gradualmente, efectuando un descenso sólo apreciable a intervalos, que eran para mí más largos que siglos. Y cada vez más, cada vez más, seguía bajando, bajando.

Pasaron días, tal vez muchos días, antes que llegase a balancearse lo suficientemente cerca de mí para abanicarme con su aire acre. Hería mi olfato el olor de acero afilado. Rogué al Cielo, cansándolo con mis súplicas, que hiciera descender más rápidamente el acero. Enloquecí, me volví frenético, hice esfuerzos para incorporarme e ir al encuentro de aquella espantosa y movible cimitarra. Y luego, de pronto, se apoderó de mí una gran calma y permanecí tendido sonriendo a aquella muerte brillante, como podría sonreír un niño a un juguete precioso.

Transcurrió luego un instante de perfecta insensibilidad. Fue un intervalo muy corto. Al volver a la vida no me pareció que el péndulo hubiera descendido una altura apreciable. No obstante, es posible que aquel tiempo hubiese sido larguísimo. Yo sabía que existían seres infernales que tomaban nota de mi desvanecimiento y que a su capricho podían detener la vibración.

Al volver en mí, sentí un malestar y una debilidad indecibles, como resultado de una enorme inanición. Aun entre aquellas angustias, la naturaleza humana suplicaba el sustento. Con un esfuerzo penoso, extendí mi brazo izquierdo tan lejos como mis ligaduras me lo permitían, y me apoderé de un pequeño sobrante que las ratas se habían dignado dejarme. Al llevarme un pedazo a los labios, un informe pensamiento de extraña alegría, de esperanza, se alojo en mi espíritu. No obstante, ¿qué había de común entre la esperanza y yo? Repito que se trataba de un pensamiento informe. Con frecuencia tiene el hombre pensamientos así, que nunca se completan. Me di cuenta de que se trataba de un pensamiento de alegría, de esperanza, pero comprendí también que había muerto al nacer. Me esforcé inútilmente en completarlo, en recobrarlo. Mis largos sufrimientos habían aniquilado casi por completo las ordinarias facultades de mi espíritu. Yo era un imbécil, un idiota.

La oscilación del péndulo se efectuaba en un plano que formaba ángulo recto con mi cuerpo. Vi que la cuchilla había sido dispuesta de modo que atravesara la región del corazón. Rasgaría la tela de mi traje, volvería luego y repetiría la operación una y otra vez. A pesar de la gran dimensión de la curva recorrida—unos treinta pies, más o menos—y la silbante energía de su descenso, que incluso hubiera podido cortar aquellas murallas de hierro, todo cuanto podía hacer, en resumen, y durante algunos minutos, era rasgar mi traje.

Y en este pensamiento me detuve. No me atrevía a ir más allá de él. Insistí sobre él con una sostenida atención, como si con esta insistencia hubiera podido parar allí el descenso de la cuchilla. Empecé a pensar en el sonido que produciría ésta al pasar sobre mi traje, y en la extraña y penetrante sensación que produce el roce de la tela sobre los nervios. Pensé en todas esas cosas, hasta que los dientes me rechinaron.

Más bajo, más bajo aún. Deslizábase cada vez más bajo. Yo hallaba un placer frenético en comparar su velocidad de arriba abajo con su velocidad lateral. Ahora, hacia la derecha; ahora, hacia la izquierda. Después se iba lejos, lejos, y volvía luego, con el chillido de un alma condenada, hasta mi corazón con el andar furtivo del tigre. Yo aullaba y reía alternativamente, según me dominase una u otra idea.

Más bajo, invariablemente, inexorablemente más bajo. Movíase a tres pulgadas de mi pecho. Furiosamente, intenté libertar con violencia mi brazo izquierdo. Estaba libre solamente desde el codo hasta la mano. Únicamente podía mover la mano desde el plato que habían colocado a mi lado hasta mi boca; sólo esto, y con un gran esfuerzo. Si hubiera podido romper las ligaduras por encima del codo, hubiese cogido el péndulo e intentado detenerlo, lo que hubiera sido como intentar detener una avalancha.

Siempre mas bajo, incesantemente, inevitablemente más bajo. Respiraba con verdadera angustia, y me agitaba a cada vibración. Mis ojos seguían el vuelo ascendente de la cuchilla y su caída, con el ardor de la desesperación más enloquecida; espasmódicamente, cerrábanse en el momento del descenso sobre mí. Aun cuando la muerte hubiera sido un alivio, ¡oh, qué alivio más indecible! Y, sin embargo, temblaba con todos mis nervios al pensar que bastaría que la máquina descendiera un grado para que se precipitara sobre mi pecho el hacha afilada y reluciente. Y mis nervios temblaban, y hacían encoger todo mi ser a causa de la esperanza. Era la esperanza, la esperanza triunfante aún sobre el potro, que dejábase oír al oído de los condenados a muerte, incluso en los calabozos de la Inquisición.

Comprobé que diez o doce vibraciones, aproximadamente, pondrían el acero en inmediato contacto con mi traje, Y con esta observación entróse en mi ánimo la calma condensada y aguda de la desesperación. Desde hacía muchas horas, desde hacía muchos días, tal vez, pensé por primera vez. Se me ocurrió que la tira o correa que me ataba era de un solo trozo. Estaba atado con una ligadura continuada. La primera mordedura de la cuchilla de la media luna, efectuada en cualquier lugar de la correa, tenía que desatarla lo suficiente para permitir que mi mano la desenrollara de mi cuerpo. ¡Pero qué terrible era, en este caso, su proximidad! El resultado de la más ligera sacudida había de ser mortal. Por otra parte ¿habrían previsto o impedido esta posibilidad los secuaces del verdugo? ¿Era probable que en el recorrido del péndulo atravesasen mi pecho las ligaduras? Temblando al imaginar frustrada mi débil esperanza, la última, realmente, levanté mi cabeza lo bastante para ver bien mi pecho. La correa cruzaba mis miembros estrechamente, juntamente con todo mi cuerpo, en todos sentidos, menos en la trayectoria de la cuchilla homicida.

Aún no había dejado caer de nuevo mi cabeza en su primera posición, cuando sentí brillar en mi espíritu algo que sólo sabría definir, aproximadamente, diciendo que era la mitad no formada de la idea de libertad que ya he expuesto, y de la que vagamente había flotado en mi espíritu una sola mitad cuando llevé a mis labios ardientes el alimento. Ahora, la idea entera estaba allí presente, débil, apenas viable, casi indefinida, pero, en fin, completa. Inmediatamente, con la energía de la desesperación, intenté llevarla a la práctica.

Hacia varias horas que cerca del caballete sobre el que me hallaba acostado se encontraba un número incalculable de ratas. Eran tumultuosas, atrevidas, voraces. Fijaban en mí sus ojos, como si no esperasen más que mi inmovilidad para hacer presa. "¿A qué clase de alimento—pensé—se habrá acostumbrado en este pozo?"

Menos una pequeña parte, y a pesar de todos mis esfuerzos para impedirlo, había devorado el contenido del plato; pero a la larga, la uniformidad maquinal de ese movimiento le había restado eficacia . Aquella plaga, en su voracidad, dejaba señales de sus agudos dientes en mis dedos. Con los restos de la carne aceitosa y picante que aún quedaba, froté vigorosamente mis ataduras hasta donde me fue posible hacerlo, y hecho esto retiré mi mano del suelo y me quedé inmóvil y sin respirar.

Al principio, lo repentino del camino y el cese del movimiento hicieron que los voraces animales se asustaran. Se apartaron alarmados y algunos volvieron al pozo. Pero esta actitud no duró más que un instante. No había yo contado en vano con su glotonería. Viéndome sin movimiento, una o dos o más atrevidas se encaramaron por el caballete y oliscaron la correa. Todo esto me pareció el preludio de una invasión general. Un nuevo tropel surgió del pozo. Agarrándose a la madera, la escalaron y a centenares saltaron sobre mi cuerpo. Nada las asustaba el movimiento regular del péndulo. Lo esquivaban y trabajaban activamente sobre la engrasada tira. Se apretaban moviéndose y se amontonaban incesantemente sobre mí. Sentía que se retorcían sobre mi garganta, que sus fríos hocicos buscaban mis labios.

Me encontraba medio sofocado por aquel peso que se multiplicaba constantemente. Un asco espantoso, que ningún hombre ha sentido en el mundo, henchía mi pecho y helaba mi corazón como un pesado vómito. Un minuto más, y me daba cuenta de que en más de un sitio habían de estar cortadas. Con una resolución sobrehumana, continué inmóvil.

No me había equivocado en mis cálculos. Mis sufrimientos no habían sido vanos. Sentí luego que estaba libre. En pedazos, colgaba la correa en torno de mi cuerpo. Pero el movimiento del péndulo efectuábase ya sobre mi pecho. L estameña de mi traje había sido atravesada y cortada la camisa. Efectuó dos oscilaciones más, y un agudo dolor atravesó mis nervios. Pero había llegado el instante de salvación. A un ademán de mis manos, huyeron tumultuosamente mis libertadoras. Con un movimiento tranquilo y decidido, prudente y oblicuo, lento y aplastándome contra el banquillo, me deslicé fuera del abrazo y de la tira y del alcance de la cimitarra. Cuando menos, por el momento estaba libre.

¡Libre! ¡Y en las garras de la Inquisición! Apenas había escapado de mi lecho de horror, apenas hube dado unos pasos por el suelo de mi calabozo, cesó el movimiento de la máquina infernal y la oí subir atraída hacia el techo por una fuerza invisible. Aquélla fue una lección que llenó de desesperación mi alma. Indudablemente, todos mis movimientos eran espiados. ¡Libre! Había escapado de la muerte bajo una determinada agonía, sólo para ser entregado a algo peor que la muerte misma, y bajo otra nueva forma. Pensando en ello, fijé convulsivamente mis ojos en las paredes de hierro que me rodeaban. Algo extraño, un cambio que en principio no pude apreciar claramente, se había producido con toda evidencia en la habitación. Durante varios minutos en los que estuve distraído, lleno de ensueños y escalofríos, me perdí en conjeturas vanas e incoherentes.

Por primera vez me di cuenta del origen de la luz sulfurosa que iluminaba la celda. Provenía de una grieta de media pulgada de anchura, que extendíase en torno del calabozo en la base de las paredes, que, de ese modo, parecían, y en efecto lo estaban, completamente separadas del suelo. Intenté mirar por aquella abertura, aunque, como puede imaginarse, inútilmente. Al levantarme desanimado, se descubrió a mi inteligencia, de pronto, el misterio de la alteración que la celda había sufrido.

Había tenido ocasión de comprobar que, aun cuando los contornos de las figuras pintadas en las paredes fuesen suficientemente claros, los colores parecían alterados y borrosos. Ahora acababan de tomar, y tomaban a cada momento, un sorprendente e intensísimo brillo, que daba a aquellas imágenes fantásticas y diabólicas un aspecto que hubiera hecho temblar a nervios más firmes que los míos. Pupilas demoníacas, de una viveza siniestra y feroz, se clavaban sobre mí desde mil sitios distintos, donde yo anteriormente no había sospechado que se encontrara ninguna, y brillaban cual fulgor lúgubre de un fuego que, aunque vanamente, quería considerar completamente imaginario.

¡Imaginario! Me bastaba respirar para traer hasta mi nariz un vapor de hierro enrojecido. Extendíase por el calabozo un olor sofocante. A cada momento reflejábase un ardor más profundo en los ojos clavados en mi agonía. Un rojo más oscuro se extendía sobre aquellas horribles pinturas sangrientas. Estaba jadeante; respiraba con grandes esfuerzos. No había duda sobre el deseo de mis verdugos, los más despiadados y demoníacos de todos los hombres.

Me aparté lejos del metal ardiente, dirigiéndome al centro del calabozo. Frente a aquella destrucción por el fuego, la idea de la frescura del pozo llegó a mi alma como un bálsamo. Me lancé hacia sus mortales bordes. Dirigí mis miradas hacia el fondo.

El resplandor de la inflamada bóveda iluminaba sus cavidades más ocultas. No obstante, durante un minuto de desvarío, mi espíritu negóse a comprender la significación de lo que veía. Al fin, aquello penetró en mi alma, a la fuerza, triunfalmente. Se grabó a fuego en mi razón estremecida. ¡Una voz, una voz para hablar! ¡Oh horror! ¡Todos los horrores, menos ése! Con un grito, me aparté del brocal, y, escondiendo mi rostro entre las manos, lloré con amargura.

El calor aumentaba rápidamente, y levanté una vez mas los ojos, temblando en un acceso febril. En la celda habíase operado un segundo cambio, y este efectuábase, evidentemente, en la forma. Como la primera vez, intenté inútilmente apreciar o comprender lo que sucedía. Pero no me dejaron mucho tiempo en la duda. La venganza de la Inquisición era rápida, y dos veces la había frustrado. No podía luchar por más tiempo con el rey del espanto. La celda había sido cuadrada. Ahora notaba que dos de sus ángulos de hierro eran agudos, y, por tanto obtusos los otros dos. Con un gruñido, con un sordo gemido, aumentaba rápidamente el terrible contraste.

En un momento, la estancia había convertido su forma en la de un rombo. Pero la transformación no se detuvo aquí. No deseaba ni esperaba que se parase. Hubiera llegado a los muros al rojo para aplicarlos contra mi pecho, como si fueran una vestidura de eterna paz. "¡La muerte!—me dije—. ¡Cualquier muerte, menos la del pozo!" ¡Insensato! ¿Cómo no pude comprender que el pozo era necesario, que aquel pozo único era la razón del hierro candente que me sitiaba? ¿Resistiría yo su calor? Y aun suponiendo que pudiera resistirlo, ¿podría sostenerme contra su presión?

Y el rombo se aplastaba, se aplastaba, con una rapidez que no me dejaba tiempo para pensar. Su centro, colocado sobre la línea de mayor anchura, coincidía precisamente con el abismo abierto. Intenté retroceder, pero los muros, al unirse, me empujaban con una fuerza irresistible.

Llegó, por último, un momento en que mi cuerpo, quemado y retorcido, apenas halló sitio para él, apenas hubo lugar para mis pies en el suelo de la prisión. No luché más, pero la agonía de mi alma se exteriorizó en un fuerte y prolongado grito de desesperación. Me di cuenta de que vacilaba sobre el brocal, y volví los ojos...

Pero he aquí un ruido de voces humanas. Una explosión, un huracán de trompetas, un poderoso rugido semejante al de mil truenos. Los muros de fuego echáronse hacia atrás precipitadamente. Un brazo alargado me cogió del mío, cuando, ya desfalleciente, me precipitaba en el abismo. Era el brazo del general Lasalle. Las tropas francesas habían entrado en Toledo. La Inquisición hallábase en poder de sus enemigos.

jueves, 3 de mayo de 2007

monkey island el juego completo

Monkey Island

Ante los rumores no confirmados de una quinta secuela de la saga Monkey Island, aquí posteo la serie completa, los cuatro juegos que marcaron para siempre el género de aventuras es decir, The Secret of Monkey Island, Le Chuck Revenge Monkey Island 2, The Curse of Monkey Island y La fuga De Monkey Island.

Así pues hagamos un poco de historia.

1. La Saga (Fuente:Wikipedia):

The Secret of Monkey Island





The Secret of Monkey Island (1990) fue el quinto juego en usar la tecnología SCUMM (tras Maniac Mansion, Zak McKracken, Indiana Jones y la Última Cruzada y Loom), un potente (para la época) motor para aventuras gráficas, basado en un lenguaje script propio y desarrollado para la primera aventura: Maniac Mansion. Originalmente, consistía en cuatro disquetes de baja densidad, con gráficos EGA (16 colores), pero subsiguientes mejoras en el SCUMM dieron lugar a versiones con gráficos VGA (256 colores) y, finalmente, en CD-ROM con Greenshines.com
LucasArts fue la compañía que lanzó este juego al mercado, cuyos creadores fueron Ron Gilbert, Steve Purcell, Tim Schafer y Dave Grossman, dirigidos por el propio Gilbert.

El protagonista de la historia es Guybrush Threepwood, un joven que llega a la isla con la intención de convertirse en pirata, pero para ello deberá pasar por una serie de pruebas, recorriendo toda la isla y, una vez logrado, viajar a la mítica Monkey Island, donde deberá enfrentarse al terrible pirata fantasma LeChuck para rescatar a su nuevo amor Elaine Marley.

Sus frases tienen un gran sentido del humor. Actualmente sigue siendo reconocido como uno de los mejores juegos para PC.

* Sistema Operativo: DOS. En 1998 salió en España un pack que incluía los tres primeros juegos de la saga. Dicho pack incluía versiones de "The Secret Of Monkey Island" y "Monkey Island 2: LeChuck's Revenge" que funcionaban en Windows 9x.
* Gráficos: EGA 16 colores (posteriormente, VGA 256 colores)
* Sonido: PC-Speaker / Sound Blaster / Adlib
* Control: Teclado / Ratón / Joystick

LeChuck's Revenge. Monkey Island 2
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En la segunda parte, Guybrush Threepwood deberá hallar el mítico tesoro del Big Whoop, y recuperar de paso el amor de Elaine Marley, volviéndose a enfrentar al pirata, ahora zombi, LeChuck. Publicado en 1991, fue realizado con el mismo motor por los mismos autores, y distribuido originalmente en disquete, con gráficos VGA para luego ser distribuido por separado y más tarde junto con la primera parte, en CD-ROM.

Su final, para muchos abierto (aunque su creador afirme lo contrario), es probablemente el más enigmático de la historia de los videojuegos.

* Sistema Operativo: DOS. En 1998 salió en España un pack que incluía los tres primeros juegos de la saga. Dicho pack incluía versiones de "The Secret Of Monkey Island" y "Monkey Island 2: LeChuck's Revenge" que funcionaban en Windows 9x.
* Gráficos: VGA 256 colores
* Sonido: PC-Speaker / Sound Blaster / Adlib
* Control: Teclado / Ratón / Joystick



The Curse of Monkey Island

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En 1997 se publicó la tercera entrega, de nuevo utilizando el SCUMM, pero en una versión mucho más avanzada que permitía gráficos de alta resolución, haciéndolo parecer una película de animación.

Al haber abandonado para entonces la empresa los autores de anteriores entregas, el juego tiene otros autores, Jonathan Ackley (que participó en The Dig) y Larry Ahern.

Como primer objetivo, Guybrush Threepwood estaba encarcelado en un barco pirata el cual se hunde, y satisfactoriamente, Threepwood se escapa en un bote. Luego de esta hazaña de Threepwood, deberá cortarle la cabeza a unos piratas-muertos y luego de llegar a la isla una serie de hechos se desarrollaran en la historia

Guybrush Threepwood, debía esta vez devolver su forma humana a Elaine, convertida en oro por el hechizo de un anillo maldito. Esta vez, LeChuck era un pirata demonio.

* Sistema Operativo: Windows 9x. El 12 de mayo de 2006 salió a la venta en España una reedición del juego preparada para funcionar en Windows XP.
* Gráficos: 2D SuperVGA
* Sonido: Windows (DirectX)
* Control: Ratón / Teclado



La Fuga De Monkey Island

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Realizado en 2000, utilizó el motor GrimE utilizado anteriormente para Grim Fandango, por lo que sus gráficos son también "semitridimensionales". Su nombre original es "Escape From Monkey Island". Fue el primer juego de la saga que salió en España con parte del título traducido.

Los veteranos de LucasArts Sean Clark y Michael Stemmle, que ya participaron en Sam & Max Hit the Road fueron los encargados y autores del proyecto.

Narra el retorno de Guybrush y Elaine de su luna de miel, para encontrarse con que ella ha sido declarada oficialmente muerta, y van a demoler su mansión. Por supuesto eso supone la convocatoria de elecciones para elegir al nuevo gobernador de Isla Melee, pero esta vez no se da el típico caso "Cuando sólo hay un candidato sólo hay una elección", ya que Elaine tendrá que vérselas en las urnas con Charles L. Charles. El intento de solucionar estos problemas no es más que el principio de una historia que llevará a Guybrush de vuelta a Monkey Island.

* Sistema Operativo: Windows 98, 98SE, 9x, 2000, XP y Mac OS X. También estuvo disponible para PlayStation2.
* Gráficos: 3D
* Sonido: Windows (DirectX)
* Control: Teclado. Pad de control en la versión de PlayStation 2.


2. ¿Que es lo que contiene el archivo comprimido que me voy a bajar?

Contiene lo siguiente:

1. Un archivo de Imagen en formato ISO que contiene los dos primeros juegos de la saga.
2. Una carpeta con todos los archivos de audio de Monkey Island 1 y 2.
3. Un archivo ejecutable ScummVM, para instalar el emulador ScummVM en nuestro ordenador.
4. Dos imágenes MDF con sus correspondientes imagenes MDS del Monkey Island 3.
5. Dos imágenes MDF con sus correspondientes imagenes MDS del Monkey Island 4.


3. Los enlaces:



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4. Vale, ahora que me lo he descargado todo ¿como lo instalo?

Sigue los siguientes pasos:

1. Abre la iso Monkey Island 1 & 2 con Nero.
2. Quema la imagen en un CD modo Mixto con el archivo de audio.
3 Instala el Emulador Scumm VM.
4. Usa Scumm VM Emulator para jugar a monkey Island 1 & 2 bajo windows XP.
5. Monta monkey island 3 o 4 utilizando DAEMON Tools o Alcohol y instala (funcionan bien bajo Windows XP)


Notas: Por favor, leer.

*No hace falta quemar los archivos en un CD para jugar o escuchar el audio. ScummVM soporta el audio directamente desde archivos .mp3. Renombra los archivos de audio como track1.mp3, track2.mp3, track3.mp3... y copialos en el directorio del juego.
*Puedes conseguir la última versión de ScummVM Emulator en scummvm.sf.net
*Scumm VM funciona impecablemante en Linux y funciona tambien en otras plataformas como Pocket PC o Smart Phone.
*Para montar la imagen iso: Monta el bucle -o monkey.iso mount-dir
*Para convertir mdf a iso: mdf2iso MONKEY3_CD1.mdf monkey3_cd1.iso
*si no tienes en tu distro mdf2iso bajateló de mdf2iso

CODE
http://mdf2iso.berlios.de/

*Scumm VM no funciona bien con juegos en varios CDs, es preferible copiar todos los archivos en una sola carpeta de tu disco duro. Puedes sobreescribir duplicados ya que ambos discos contienen archivos identicos.
*Para los que tengan Windows Vista pues realmente no sé que decirles, Tal vez será la única SO donde no funcionen los juegos. Tanto afán por estar a la última les hace estar realmente a la última, No sé si Scumm VM funciona bajo Vista y tampoco sé si tiene una versión para Vista.

Disfrutenlo!


5. ¿Hacia un Monkey Island 5?

Mucho se ha dicho acerca de un posible Monkey Island 5, pero nada se ha confirmado. Mientras tanto Lucas Art ni afirma ni desmiente aunque reconoce que no hay ningún MI5 en producción. Habiendo sido los desarolladores de esta aventura gráfica despedidos ¿entra en los planes de Lucas Art producir una futura secuela? La cancelación del desarollo de varias aventuras gráficas por parte de LA afirman que la franquicia de George Lucas no entran en los planes inmediatos de la empresa, si bien Gilbert, uno de los desarolladores de MI afirmo en una reciente entrevista que el verdadero secreto de MI está por desvelar ¿será una nueva estrategia de marketing para relanzar la saga de MI?

lunes, 30 de abril de 2007

la crisis de los misiles 13 dias



Es esta una película histórica, la narración pormenorizada de 13 días que conmovieron un período de la Guerra Fría. En octubre de 1962, aviones espía de los Estados Unidos descubrieron que se estaban instalando en Cuba misiles secretos de la Unión Soviética. A sólo 70 millas de sus costas, los misiles podían tardar sólo cinco minutos en impactar sobre las principales ciudades de los Estados Unidos. Todos los altos mandos del poder político y militar estuvieron en pie de guerra, tratando de manejar una situación que pudo haber llevado a la guerra nuclear.





La imagen de apertura es una enorme nave que parte entre fuegos al espacio. Periódicamente durante el film, vemos misiles que surcan el cielo dejado su estela encendida, explosiones nucleares con su luminoso hongo de fuego en la noche del océano. Estas imágenes, que apelan en parte a la fascinación del espectador, nos recuerdan permanentemente el peligro inminente del holocausto nuclear. Quienes tenemos edad suficiente para recordarlo, sabemos que este era el riesgo siempre latente durante la Guerra Fría, entre los años 1950 y 1980.

La película trata el tema real como un thriller histórico, metiéndose en el mismo riñón de la Casa Blanca. Gobierna los Estados Unidos John Kennedy, con un equipo de asesores y colaboradores que pasaron a la Historia: su hermano Robert, el ministro de Defensa Robert McNamara, el representante ante las Naciones Unidas Adlai Stevenson (que da batalla diplomática al embajador soviético) y Dean Rusk, el ministro de Relaciones Exteriores. Todos ellos son los personajes de la película, que está contada sin embargo desde el punto de vista de un hombre que actuó entre las sombras: el asesor presidencial Kenneth O’Donnell, interpretado por Kevin Costner, quien una vez más encarna su personaje conocido de héroe ímprobo, en esta ocasión ocupando el segundo plano. De origen irlandés, bostoniano como los Kennedy, compañero de estudios de Bobby, de cuya mano llega a la dirección de la campaña presidencial, héroe de guerra como John, O’Donnell es quien acompaña y aconseja al Presidente y a su hermano, quien, como se sabe, tenía casi tanto poder como aquél.

Es todo un desafío encarnar personajes que se han convertido en iconos históricos, como Jack, Bobby y Jackie Kennedy. Los actores (Bruce Greenwood, Steven Culp y Stephanie Romanov) no lo hacen mal, pero nunca alcanzan la altura de sus personajes. Más allá del parecido que puedan tener, han intentado reproducir sus características: sus peinados, su plástica corporal, su manera de hablar y la costumbre que tenían los hermanos de caminar con las manos permanentemente hundidas en los bolsillos. Culp ya había aprovechado su parecido con Bobby –acentuado mediante el peinado y dientes postizos– interpretándolo en el telefilm Norma Jean y Marilyn. Pero aquí el lado frívolo del clan ni siquiera está aludido. Son momentos de crisis, y no hay tiempo ni espacio para orgías privadas. Los tibios intentos de "mostrar el lado humano" de los protagonistas no disimulan el objetivo central de esta producción: tallar el mármol de los próceres.

La narración sigue prolijamente –tal vez demasiado prolijamente– el recorrido cronológico a través de esos trece días. Detalla obsesivamente los hechos históricos, las discusiones en el Gabinete, las decisiones políticas y cómo se llegó a ellas, pero sin reflexionar sobre el por qué ni sobre la génesis de esas posiciones. Los estadistas están presentados como víctimas del sistema político. Kennedy aparece fuertemente presionado por los mandos militares, reaccionarios y antisoviéticos, impacientes por poner en actividad todo su poderoso aparato bélico e invadir la isla. El Presidente había vivido ya el fracaso de Bahía de los Cochinos, y no quiere repetir errores. Despliega toda su habilidad de estadista y su ejercicio del poder para evitar la guerra, imponer un bloqueo y llegar a una solución no violenta por la vía diplomática. Los militares debieron esperar su muerte, acaecida trece meses después de estos trece días, para finalmente jugar el juego para el que habían sido entrenados, en Vietnam. Aunque nunca vemos a Nikita Kruschev, el primer ministro soviético, adivinamos que él también está viviendo la misma angustia y presión que Kennedy y sus colaboradores. Ambos enfrentan virtuales golpes de estado de sus mandos militares. A diferencia del cine realizado por Hollywood durante esa Guerra Fría, aquí los soviéticos no son los malos de la película. Responden, como los yanquis, a un sistema político que había dividido al mundo en dos, y en el que cada uno defendía y luchaba por su territorio. Pero la película nunca profundiza sobre las razones de cada bando.

En estos días de globalización, después de la caída de tantos muros ideológicos, políticos y económicos, los conflictos se han trasladado a otros frentes: los fundamentalismos, la competencia económica y política entre los Estados Unidos y China, los lobbies de las corporaciones sin bandera, el narcotráfico. Afortunadamente, el conflicto nuclear suena muy lejano, pero sigue siendo una amenaza, como lo ha demostrado el reciente episodio entre China y –nuevamente– los Estados Unidos.

El director Roger Donaldson parece moverse con comodidad por los pasillos de la Casa Blanca y el Pentágono, ambos reconstruidos al detalle en estudios. En 1987 había realizado, con un joven Kevin Costner, otro thriller político, Sin salida, también sobre las difíciles relaciones entre los líderes mundiales. No es una casualidad que esta realización surja simultáneamente con el éxito de la serie de TV The West Wing (El Ala Oeste de la Casa Blanca) que revela los entretelones en la trastienda del poder. Tanto la serie como la película –como JFK, también con Costner– son apelaciones al sentimiento patriótico, hoy devaluado: buscan sacudir el inconsciente colectivo con la utilización de símbolos y arquetipos eternos –el rey, el palacio, la bandera, las naves y aviones de guerra, el uniforme, el ataúd. No en vano, dos de los productores son el hijo de O’Donnell y el propio Kevin Costner, en una peculiar transposición del vínculo entre actor y personaje.

Si bien la acción por momentos se traslada al mar y al cielo, donde buques y aviones se preparan para la confrontación, éste no es un film bélico. Fruto de una minuciosa investigación histórica y periodística, con la inclusión de documentales de la época que testimonian la expectativa y angustia del pueblo norteamericano durante esos días, la película interesará a los curiosos de la historia. Aunque la verdad histórica conspire en contra, el thriller mantiene la intriga y el suspenso durante los 145 minutos en que la permanente amenaza de misiles de uno y otro bando tiene a todos en vilo.





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domingo, 29 de abril de 2007

Atajos con el teclado

Si sos un experto en pc seguro que ya lo sabes, pero algunas personas no, asi que aqui estan!




Tecla Inicio + E: Muestra el explorador de Windows con el contenido de Mi Pc.

Tecla Inicio + D: Minimiza todas las ventanas y muestra el escritorio.

Esc: Permite cerrar menús, volver atrás y cerrar ventanas de diálogo.

Alt + F4: Cierra la ventana que actualmente se encuentra activa.

Alt + Tabulador: Cambia de programa activo sin usar la barra de tareas.

Control + X: Corta al portapapeles el contenido que actualmente está seleccionado.

Control + C: Copia al portapapeles el contenido que actualmente está seleccionado.

Control + V: Pega (inserta) el contenido del portapapeles en la posición del cursor.

Control + Z: Deshacer. Paso atrás en la última acción realizada.

Control + Y: Rehacer. Realiza de nuevo la acción que previamente hemos deshecho.

Control + P: Abre la ventana Imprimir del programa actual.

Control + S: Guarda el archivo.

Control + O: Abrir archivo.

Control + A / Control + E: Depende del programa. Selecciona todo el documento.

Control + F / Control + B: Depende del programa. Abre la ventana Buscar.

ImpPant: Captura una imagen de la pantalla. La guarda en el portapapeles.

Control + tecla de cursor: Permite moverse por el texto de palabra en palabra.

Control + Supr: Elimina la palabra situada a la derecha del cursor.

Control + Retroceso: Elimina la palabra situada a la izquierda del cursor.

Inicio: El cursor salta al inicio de la línea. Combinada con Control salta al inicio de documento.

Fin: El cursor salta al final de la línea. Combinada con Control salta al final de documento.

GILIPOLLECES DE CAMPEONATO

"El fumar mata. Y si te mueres, has perdido una parte
muy importante de tu vida".


(Brooke Shields, en una entrevista para una campaña federal
anti-tabaco).

Y que lo digas, hija, aproximadamente el 100%


leer mas gilipolleces



"Si usted pudiera vivir para siempre, díganos si lo
haría y por qué".
Respuesta:
"Yo no viviría para siempre, porque no deberíamos
vivir para siempre, porque si se supusiera que
debiéramos vivir para siempre, entonces viviríamos
para siempre, pero no podemos vivir para siempre,
que es por lo cual yo no viviría para siempre"

(Miss Alabama en el concurso Miss América 1994).

Necesito una aspirina


"Siempre que veo la tele y veo a esos pobres niños
hambrientos en todo el mundo, no puedo evitar
llorar. Quiero decir, me encantaría ser así de
flaquita, pero no con todas esas moscas, y muerte, y
esas cosas..."

(Mariah Carey, cantante de pop).

Eso si que es estar concienciada


"Esa rastrera sinvergüenza merece ser matada a
patadas por un asno...
¡y yo soy justo la indicada para hacerlo...!"


(Claudia Schiffer sobre Naomi Campbell).

¡Joder con el temperamento de la Claudia!. ¡Y encima se considera un asno!


"No he cometido ningún delito. Lo que hice fue no
cumplir con la ley"

(Jennifer López al ser detenida junto con Puff Daddy).

¡Ah, claro! ¡pues va a ser eso!


"No es la contaminación la que está dañando el
ambiente. Son las impurezas en nuestro aire y en
nuestra agua las que lo están haciendo"

(Pamela Anderson Lee).

Tanto echarle la culpa al petróleo, al CO2 y a un montón de cosas más y nadie se había dado cuenta de que el aire y el agua ya viene contaminados de fábrica.


Un periodista a Murci Rojas (jugador de fútbol del Colo-Colo):
Pregunta:
"¿De qué país le quieren fichar?".
Respuesta:
"No lo puedo decir todavía, pero les puedo adelantar
que es un país brasileño que no queda muy lejos de
aquí...".

Pues no sé, no sé. ¿Puedo usar el comodín de la llamada?


Un periodista a Carolina Zúñiga, candidata a Miss
Chile:
Pregunta:
"Si hubiese un holocausto nuclear, ¿qué pareja
elegiría usted en todo el mundo para preservar y
multiplicar la especie humana?".

Respuesta:
"Al Papa y a la Madre Teresa de Calcuta".

¡Pues íbamos a estar apañados!



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Womb Raider parodia erotica de tom raider


ls die wohlhabende Schatzjägerin Cara Loft (Lauren Hays) eine Einladung des weltbekannten Kunstsammlers und Archäologen Doktor Scrotus (Roland Lanza) erhält, merkt die sexy Abenteuerin nicht, dass sie Kopfüber in das größte Erotik-Abenteuer ihres Lebens stolpert die Suche nach drei sakralen Relikten aus archaischer Vorzeit…
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About: Space, Where No Man Has Cum B4. This is the voyage of five galaxy sluts whose mission is to boldly take over all Earth-men lured by the powers of femininity, this crew of minions doesn't stand a chance escaping the sheer seduction from these bombastic babes. Join them on their galactic tour of mind-blowing cock explosions, and be launched into climax when you witness your favorite beauty get fucked out of this world. Beam me up baby!
Length: 1:26
Part 1
Part 2
Part 3
Part 4
Part 5
Part 6
Part 7
Part 8

El cuervo (poema)

El cuervo (The raven en inglés) es la composición poética más famosa de Edgar Allan Poe. Fue escrito en 1845. El poeta describe la angustia que le produce la muerte de su amada. Esa angustia la encarna un negro cuervo que, tras ser interrogado, responde una y otra vez: Nunca más, «Nevermore».

Poema de ritmo obsesivo en el que la angustia se va apoderando del lector, lleno de rimas internas, la aliteración obsesiva de la erre va produciendo un desasosiego parecido al que produciría el roce de las alas de un cuervo al invadir nuestra vida cotidiana.

El proceso creativo del poema es descrito por Poe en su ensayo


Filosofía de la composición
, en el que se explica paso por paso la metodología seguida por el autor para su realización.

Han sido varias las traducciones que se han intentado de este poema al español, sin que ninguna haya podido considerarse definitiva hasta la fecha. Edgar Allan Poe (Boston, 1809 - Baltimore, 1849)


el cuervo






Una vez, al filo de una lúgubre media noche, mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido, inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia, cabeceando, casi dormido, oyóse de súbito un leve golpe, como si suavemente tocaran, tocaran a la puerta de mi cuarto. “Es —dije musitando— un visitante tocando quedo a la puerta de mi cuarto. Eso es todo, y nada más.”

¡Ah! aquel lúcido recuerdo de un gélido diciembre; espectros de brasas moribundas reflejadas en el suelo; angustia del deseo del nuevo día; en vano encareciendo a mis libros dieran tregua a mi dolor. Dolor por la pérdida de Leonora, la única, virgen radiante, Leonora por los ángeles llamada. Aquí ya sin nombre, para siempre.

Y el crujir triste, vago, escalofriante de la seda de las cortinas rojas llenábame de fantásticos terrores jamás antes sentidos. Y ahora aquí, en pie, acallando el latido de mi corazón, vuelvo a repetir: “Es un visitante a la puerta de mi cuarto queriendo entrar. Algún visitante que a deshora a mi cuarto quiere entrar. Eso es todo, y nada más.”

Ahora, mi ánimo cobraba bríos, y ya sin titubeos: “Señor —dije— o señora, en verdad vuestro perdón imploro, mas el caso es que, adormilado cuando vinisteis a tocar quedamente, tan quedo vinisteis a llamar, a llamar a la puerta de mi cuarto, que apenas pude creer que os oía.” Y entonces abrí de par en par la puerta: Oscuridad, y nada más.

Escrutando hondo en aquella negrura permanecí largo rato, atónito, temeroso, dudando, soñando sueños que ningún mortal se haya atrevido jamás a soñar. Mas en el silencio insondable la quietud callaba, y la única palabra ahí proferida era el balbuceo de un nombre: “¿Leonora?” Lo pronuncié en un susurro, y el eco lo devolvió en un murmullo: “¡Leonora!” Apenas esto fue, y nada más.

Vuelto a mi cuarto, mi alma toda, toda mi alma abrasándose dentro de mí, no tardé en oír de nuevo tocar con mayor fuerza. “Ciertamente —me dije—, ciertamente algo sucede en la reja de mi ventana. Dejad, pues, que vea lo que sucede allí, y así penetrar pueda en el misterio. Dejad que a mi corazón llegue un momento el silencio, y así penetrar pueda en el misterio.” ¡Es el viento, y nada más!

De un golpe abrí la puerta, y con suave batir de alas, entró un majestuoso cuervo de los santos días idos. Sin asomos de reverencia, ni un instante quedo; y con aires de gran señor o de gran dama fue a posarse en el busto de Palas, sobre el dintel de mi puerta. Posado, inmóvil, y nada más.

Entonces, este pájaro de ébano cambió mis tristes fantasías en una sonrisa con el grave y severo decoro del aspecto de que se revestía. “Aun con tu cresta cercenada y mocha —le dije—, no serás un cobarde, hórrido cuervo vetusto y amenazador. Evadido de la ribera nocturna. ¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!” Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

Cuánto me asombró que pájaro tan desgarbado pudiera hablar tan claramente; aunque poco significaba su respuesta. Poco pertinente era. Pues no podemos sino concordar en que ningún ser humano ha sido antes bendecido con la visión de un pájaro posado sobre el dintel de su puerta, pájaro o bestia, posado en el busto esculpido de Palas en el dintel de su puerta con semejante nombre: “Nunca más.”

Mas el Cuervo, posado solitario en el sereno busto. las palabras pronunció, como virtiendo su alma sólo en esas palabras. Nada más dijo entonces; no movió ni una pluma. Y entonces yo me dije, apenas murmurando: “Otros amigos se han ido antes; mañana él también me dejará, como me abandonaron mis esperanzas.” Y entonces dijo el pájaro: “Nunca más.”

Sobrecogido al romper el silencio tan idóneas palabras, “sin duda —pensé—, sin duda lo que dice es todo lo que sabe, su solo repertorio, aprendido de un amo infortunado a quien desastre impío persiguió, acosó sin dar tregua hasta que su cantinela sólo tuvo un sentido, hasta que las endechas de su esperanza llevaron sólo esa carga melancólica de ‘Nunca, nunca más’.”

Mas el Cuervo arrancó todavía de mis tristes fantasías una sonrisa; acerqué un mullido asiento frente al pájaro, el busto y la puerta; y entonces, hundiéndome en el terciopelo, empecé a enlazar una fantasía con otra, pensando en lo que este ominoso pájaro de antaño, lo que este torvo, desgarbado, hórrido, flaco y ominoso pájaro de antaño quería decir granzando: “Nunca más.”

En esto cavilaba, sentado, sin pronunciar palabra, frente al ave cuyos ojos, como-tizones encendidos, quemaban hasta el fondo de mi pecho. Esto y más, sentado, adivinaba, con la cabeza reclinada en el aterciopelado forro del cojín acariciado por la luz de la lámpara; en el forro de terciopelo violeta acariciado por la luz de la lámpara ¡que ella no oprimiría, ¡ay!, nunca más!

Entonces me pareció que el aire se tornaba más denso, perfumado por invisible incensario mecido por serafines cuyas pisadas tintineaban en el piso alfombrado. “¡Miserable —dije—, tu Dios te ha concedido, por estos ángeles te ha otorgado una tregua, tregua de nepente de tus recuerdos de Leonora! ¡Apura, oh, apura este dulce nepente y olvida a tu ausente Leonora!” Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Profeta!” —exclamé—, ¡cosa diabolica! ¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio enviado por el Tentador, o arrojado por la tempestad a este refugio desolado e impávido, a esta desértica tierra encantada, a este hogar hechizado por el horror! Profeta, dime, en verdad te lo imploro, ¿hay, dime, hay bálsamo en Galaad? ¡Dime, dime, te imploro!” Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Profeta! —exclamé—, ¡cosa diabólica! ¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio! ¡Por ese cielo que se curva sobre nuestras cabezas, ese Dios que adoramos tú y yo, dile a esta alma abrumada de penas si en el remoto Edén tendrá en sus brazos a una santa doncella llamada por los ángeles Leonora, tendrá en sus brazos a una rara y radiante virgen llamada por los ángeles Leonora!” Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Sea esa palabra nuestra señal de partida pájaro o espíritu maligno! —le grité presuntuoso. ¡Vuelve a la tempestad, a la ribera de la Noche Plutónica. No dejes pluma negra alguna, prenda de la mentira que profirió tu espíritu! Deja mi soledad intacta. Abandona el busto del dintel de mi puerta. Aparta tu pico de mi corazón y tu figura del dintel de mi puerta. Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

Y el Cuervo nunca emprendió el vuelo. Aún sigue posado, aún sigue posado en el pálido busto de Palas. en el dintel de la puerta de mi cuarto. Y sus ojos tienen la apariencia de los de un demonio que está soñando. Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama tiende en el suelo su sombra. Y mi alma, del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo, no podrá liberarse. ¡Nunca más!