martes, 11 de marzo de 2008

tierra de infancia

CLAUDIA LARS

Carmen Brannon, más conocida bajo el seudónimo literario del Claudia Lars, nace en Armenia, Sonsonate, en 1899, y fallece en San Salvador en 1974. Dejaba tras de sí numerosos libros de versos, entre ellos: Estrellas en El Pozo, Canción Redonda, Sobre El Ángel y El Hombre, Fábula de Una Verdad, Nuestro Pulsante Mundo, entre otros, y un libro en prosa, Tierra de Infancia, de carácter autobiográfico. Claudia Lars, la más importante poetisa salvadoreña, en uno de sus poemas que escribió dice: Poeta soy, y vengo por Dios mismo escogida a soltar en el mundo mi canto de belleza...

Ella sabe la altura de su canto, y lo siente como una misión por Dios encomendada. Clara es la voz de Claudia, y acude a las palabras y a los arraigos cotidianos. Un ciro, un barrilete, le hacen soltar el vuelo al mismo título que el amor o la muerte. Por la sangre de su padre irlandés entran en su palabra las heladas islas de niebla, y las hadas; y por su madre y su vivencia entran las bellezas y las misérias de nuestra patria. Pertenece a un momento en que la poesía femenina da grandes luces en las tierras de América: Alfonsina Storni, Juana de Ibarborou y Gabriela Mistral, de la cual fue amiga. En sus cartas la gran escritora chilena hace patente su admiración por su homóloga salvadoreña.



Nuestro valle

Iba yo en el caballito Medias Negras, con pantalones de dril y montaba como muchacho; iba el abuelo en la muía Pi­mienta, con sus viejas botas de cuero, su amarillo sombrerón de palma y su revólver al cinto.

Un cielo azul, sin nubes, Heno de pájaros vibrantes; un esplendido día de verano, oloroso a frutas y a graneros.

Nada me producía goce tan inmenso como estas excur­siones matinales; por ningún otro placer habría cambiado el ca­mino que me llevaba de las caballerizas de mi casa del pueblo a los corrales de la hacienda ' 'Las Tres Ceibas.'' Mientras respira­ba el aire impregnado de esencias saludables y me bañaba en aquella luz purísima, mi corazón iba cantando un himno de jú­bilo, y el tiempo de los hombres y de los relojes no tenía senti­do ni poder.

Yo conocía aquellos lugares terrón a terrón, piedra a piedra, risco a risco. Sin embargo, siempre encontraba algo nuevo y sorprendente. Desde la subida de la cuesta podía seña­lar la choza de Anselmo Duran o la carreta de Tancho Monto-ya; al bajar a la llanura encontraba las milpas de Zoilo Guerra; volviéndome hacia el norte medía con la vista el extenso feudo de don Mardoqueo Sandoval. Llegaba sin extraviarme hasta el amate frondoso, que extendía su sombra a medio potrero; me internaba después por el sendetito zigzagueante, que me lleva­ba a la cumbre de los cerros. A veces, recorría esos lugares con el abuelo; a veces, con el indio Cruz. Y como nunca me cansaba de mirarlo, buscaba siempre el pequeño manatial que nacía de una peña: ahí lo encontraba cada mañana, rodeado de berros y de florecitas húmedas, cantando con su voz de agua-niña y re­pitiendo sin cesar su gracioso nombre saltador: Tutunilco... Más adelante, el árbol de nance me entregaba sus frutillas olo­rosas, y en la colmena del negro Baudilio probaba miel fres-quita, en rebosantes trozos de cera. Al cortar las flores y las yer­bas iba aprendiendo sus nombres y sus virtudes, y aunque en­tonces no le daba mayor importancia a lo que jugando aprendía, ahora puedo decir con absoluta seguridad: ésta es la hoja de guarumo, cuya tizana sirve para calmar el asma; ésa es la borraja del suelo, que cura llagas y quemaduras; aquélla es la semilla de cedrón, que se toma en un amargo trago y que vence al paludismo. Aquí están las dormilonas, cerrando sus ner­viosas hojitas porque alguien se acerca; allá las siemprevivas, las maravillas y los quiebracajetes de noviembre... Pero la flor más codiciada por los muchachos es la jila purpurina, con sus largos estambres de cabecitas blancas y sus pétalos gruesos y flexibles.

Iba yo en el caballito Medias Negras; iba el abuelo en la muía Pimienta... Pasaban las basuras bailando rondas alegres; saltaba el conejo y se escondía entre los arbustos; volaban en bandadas los pericos charladores.

El abuelo era un hombre simple y recio. Vivía felizmente con todos sus sentidos y en el fondo de su pecho sólo tenía dos despiertas luces: la primera, el amor a su familia; la segunda, el amor a su tierra. Como su temperamento era bondadoso su autoridad se vestía de cariño, y como sus conocimientos no eran muy grandes ni muy seguros, la ambición no lo arrastraba hasta el peligro. Dueño de una hacienda cultivada y bien provista, ni envidiaba a los más ricos ni desdeñaba a los más pobres. Es ver­dad que los criados de su casa y los peones de "Las Tres Ceibas" recibían miserables salarios por sus múltiples servicios, pero todos sabían que el abuelo pagaba mejor que la mayor parte de los finqueros y que trataba a su gente como padre cari­ñoso. Su orgullo era saber que los que dependían de su mano —y en esto estaba incluido hasta el último jornalero— podían comer hasta eructar los hartazgos, y que las frutas de sus árboles y las tortillas recién sacadas del comal no se contaban ni se rega­teaban nunca. Su puerta estaba abierta para el caminante, su puesta para el amigo, y en la capacidad comprensiva de su embrionaria conciencia se creía honradamente un buen cris­tiano.

Iba yo en el caballito Medias Negras; iba el abuelo en la muía Pimienta... El pito del tren se oía detrás de la arboleda y el viejo saltaba en la montura:

—Esc maldito me va a quemar el arrozal...

Pero "el maldito" pasaba sin causar ningún daño y parecía un gusano giganresco, que echaba humo por la cabeza. El silbato del tren era lo único que obligaba al abuelo a meditar un poquito, burlándose de sus rabietas mañana y tarde.

—¿Quién inventaría ese animalón de hierro?..., creo que se preguntaba con disimulada amargura, mientras el tren de muchos carros con ventanillas se deslizaba rápidamente frente a sus ojos. ¿Quién lo haría correr sobre la paz de sus dominios?... ¿Cómo lograban que rodara siempre así... sin dificultades ni tropiezos?... Para su mente sencilla, para su corazón descon­fiado de los extranjeros, la llegada del ferrocarril había produci­do un notorio cambio en la vida de su aldea y en su propia exis­tencia familiar. Un cambio que los enlazó con el resto del país, y que los puso en contacto con hombres de otras razas y na­ciones.

—¿Cheles del diablo!... —murmuraba el abuelo con re-concenrrado enojo, mientras lanzaba un escupitajo sobre el polvo del camino.

Yo adivinaba que en aquellas palabras se escondía algo más hondo que su deseo de soledad y de quietud. Y vagamente pensaba en mi padre, que como alto empleado de la compañía ferrocarrilera entró una tarde en la casa de portal, y que ai en­contrarse con la dulzura de mi madre supo, al instante, que era la niña de sus sueños; la novia que había buscado en todas par­tes su aventurero y apasionado corazón.

Tío Antonino

Tío Antonino era el hermano menor del abuelo. Aunque otro hijo de mi bisabuela se llamaba Antonio, la buena señora no tuvo empacho en escoger el nombre Antonino para el benjamín de su casa, calvez porque San Antonio del Monte, cuya milagrosa imagen se veneraba en una iglesia sonsonateca, la había auxiliado en sus congojas mejor que todos los santos de la corte celestial.

Para muchos de los Vega, Antonino pesaba más que sus propios cuerpos, pues la mujer que le dio vida y amor de már­tir, lo dejó en este mundo con costumbres de bejuco: siempre buscaba apoyo en parientes, y como tenía gustos de rico y bol­sillo de pobre, llevaba dificultades y problemas al lugar en que ponía los pies.

—Sin oficio ni beneficio... murmuraban los criticones, re­firiéndose a él. Y tía Adela, la de la lengua puntiaguda, se atrevía a decir que la creadora de tan feliz ejemplar de pereza no saldría del purgatorio ni en un siglo, porque el más grande pecado de las madres es permitir que los hijos se vuelvan cargas del prójimo.

Ninguno de esos comentarios perturbaba la existencia del indiferente solterón. Más fresco que una lechuga iba y venía de Izalco a nuestro pueblo y de nuestro pueblo a Izalco, dejándose llevar por las circunstancias.

—¡Ya llegó don Antonino!... exclamaba zarca Chica con voz de angustia, en cuanto el inoportuno aparecía en nuestro zaguán —Pues a servirlo como se debe, contestaba sin vacilar la fiel Andrea, convitiendo sus palabras en actos.

Entonces tía Adela empezaba a refunfuñar:

—Yo soy el chompipe de la fiesta, porque han dispuesto ponerlo bajo mi cuidado. Siempre acaba peleando conmigo, aunque le sirva a cada instante jarabito de ángeles...

E) cuarto del visitante se abría y se limpiaba escrupulosa­mente, y muy pronto la cama estaba bien arreglada, el mos­quitero colgando del techo y la bacinica escondida detrás de una cortina. Dos nuevos gallos de lustrosas plumas ya encontra­ban alimento en la gallera del traspatio, y Polo sacaba de la ca­balleriza un caballo o una muía, pues tal vez el señor quería "darse un verde" por las calles del pueblo.

Ese mismo día duendes y diablillos domésticos se alistaban para preparar la uagi-comedia que duraría meses y meses...

—¿Dónde andará mi hermano?... preguntaba el abuelo a la hora de la cena, viendo que su puesto en la mesa estaba vacío.

—De seguro que por la sala de billar, respondía con énfa­sis tía Adela.

Reaccionando ante las palabras de su hija el abuelo la lla­maba alacrana, y añadía que todos miraban "al pobre Antoni-no" con ojos bizcos.

A esas horas, el ausente había abandonado el salón de apuestas y se dirigía muy orondo a una cantina, pues quería be­ber dos o tres copitas de Anís del Mono, comer bocadillos pi­cantes y saludar a varios amigos.

Cerca de la madrugada extraños ruidos se oían en el za­guán y en los corredores de la casa. Lleno de euforia regresaba don gato-con botas, sin importarle en lo más mínimo despertar a los dormidos.

Como resultado de esas aventuras nocturnas, nuestro huésped roncaba hasta que el calor del mediodía lo iba desper­tando poquito a poco. Al salir de su dormitorio pedía café ca­liente, huevos a la ranchera y frijoles fritos, acompañados de tortillas recién salidas del comal. Toribia derramaba bilis por ojos y aliento; zarca Chica se enredaba en sus oficios de limpieza y el desorden la perseguía sin darle descanso; Andrea aceptaba la situación con paciencia inigualable; tía Adela estaba a punto de reventar... Hasta mi madre —tan tranquila y abnegada— rezaba devotamente a San Alejo, para que el buen vívidot se alejara pronto de nuestro hogar.

Al fin la bomba estallaba inesperadamente... Gritos y reproches reunían a los vecinos cerca del escándalo. Cuando se calmaba un poco el ambiente, tío Antonino decía muy serio:

—Sepan y entiendan que yo no necesito a ninguno de esta tribu. Vine a pasar unos días con ustedes porque Felipe me in­vitó a visitarlo. En Izalco está mi hermano Calixto, y no es un pelado como ustedes creen. Para allá me voy hoy mismo por­que en su casa tengo cuarto, cama, comida sabrosa y toda clase de atenciones. ¡Sería peor que un chucho si siguiera aguantan­do estos desprecios!...

Y para 1zalco salía el resentido en el tren de la tarde, con su valija medio tota y su intención de it a sacarles el jugo a otras gentes.

Allá se instalaba como lo había hecho entre nosotros, sin que su conducta cambiara por ningún motivo.

Después de varios meses volvía a nuestro lado como si ja­más hubiera cometido la menor falta, y de nuevo empezaba en la casa del abuelo el cuento de-nunca-acabar...

La Virgen era una indita

Cuando las últimas noches de diciembre nos envolvían en frescas brisas olorosas a nacimiento, y los cohetes de los muchachos callejeros alegraban al pueblo con sus chispas y de­tonaciones, la vieja Andrea se sentaba en el taburete más cómo­do de la cocina —fumando un cigarrillo de tusa— mientras los pequeños de la familia la rodeábamos como pollos friolentos, que buscan el calor de la gallina.

Ese eia el tiempo en que la nana de dos generaciones de los Vega contaba los cuentos más lindos y las leyendas más anti­guas. También cuando refería extraordinarias historias sobre personajes conocidos por ella ' 'en carne y hueso," y que, por lo tanto, tenían que ser tan verdaderas como el mismo credo cató­lico...

Algo hechizado vibraba en sus palabras; algo que cautiva­ba nuestta atención y nos hacia olvidar el sueño, a pesar de que el reloj de la iglesia ya había dado las nueve y de que todos los años —en esas frescas y lunadas noches— escuchábamos los mismos relatos.

¿En qué residía el poder subyugador de esta mujer de raza indígena, que a pesar de su hurañez y su habitual silencio era capaz de convertirse, durante la temporada de navidad, en oportuna y experta fabuladora?...

Supongo que su largo contacto con nosotros —rribu ladi­na a la que fue incorporada desde la niñez— borró en su corazón resentimientos y desconfianzas, y que ante los niños de la casa, inocentes como eljesusito del pesebre, su pecho se llena­ba de cariño espontáneo, que se desbordaba en narraciones en­cantadoras, así como se desborda el chocolate espumante de la tosca y servicial jicara de morro.

La tradición del pueblo, tan llena de belleza y nostalgia, pasó de sus labios a mi oído en aquellas horas lejanas, y aunque la mujer hablaba un vulgar español de sirvienta —cargado de­modismos y hasta de palabras derivadas del náhuatl— sin sa­berlo ni sospecharlo nos iba entregando tesoros de la fantasía y el olvido, y enseñándonos a enriquecer con ellos nuestra vida cotidiana.

Gracias a Andrea yo conocí al Cipe o Cipirío, Peter Pan moreno, mucho más aventurero y gracioso que el célebre perso­naje de Barrie; a la arisca Siguamonta, pajarita que guarda dentro del pecho la piedra del amor feliz; a la Siguanaba de las pozas —medio bruja y medio sirena— que mata a los hombres con la burla de sus carcajadas; al Cadejo blanco y al Cadejo negro, guardián o mal encuentro de viajeros nocturnos; al teco­lote anunciador de la muerte y al carbunclo que salta en el pol­vo, encendiendo y apagando su llama verdi-azul... Ella nos contó las aventuras del Partideño y de Anastasio Aquino —el indio que se coronó rey de los Nonualcos y puso en aprietos al gobierno de la república— y nos habló de la misteriosa Anima Sola, del Justo Juez de la noche, de la Piedta de la Conquista y de la campana que llegó de España y que se llama Asunción...

Las dos razas nuestras —la indígena y la española— brota­ban de su relato unidas o batallando, y eran en conjunto el ayer substancioso, que por remoto y perdido siempre nos parece mejor que el presente.

Para la narradora el tiempo y el espacio quedaban reduci­dos al dominio de su palabra, y la región en que los sucesos se desarrollaban podía estar aquí, allá, más lejos o en un país de invento, según fuera su capricho o su necesidad. Acontemien-tos y personajes legendarios se mezclaban y confundían con los de épocas más recientes, y nahuales, duendes y apariciones de la gentilidad aborigen andaban —con frecuencia— acompaña­dos por santos de la iglesia de Cristo.

Entre sus muchas narraciones había una que a mí me en­cantaba, pues —por pertenecer a la Temporada navideña como la cruz al viernes santo— siempre se nos contaba en las tettulias de la cocina, en aquellas noches de diciembre. Trataré de refe­rirla a la manera de Andrea, aunque de antemano confieso que fracasaré por completo en mi intento, porque es muy difícil expresarse con la gracia simple y campesina que ella ponía en cada frase:

"Pues sí, mis niños... —comenzaba a decir la vieja, des­pués de arrojar al aire el humo de su cigarrillo— la Virgen Santísima era una indita de por estos lugares, que vivió cerca del pueblo de Caiuco hace mucho, mucho tiempo... antes de que llegaran los soldados de Castilla..."

"Dicen que nació la niña con las primeras lluvias de mayo —así como nacen las flores más lindas del año— y cuentan que cuando la arroparon en los pañales de recién nacida, las campa­nas de todas las iglesias se pusieron a repicar de puro contento, sin que sacristanes o gentes sin oficio anduvieran traveseando por ningún campanario..."

"Los padres de la criatura eran indios principales, y como el santo de la cofradía del pueblo estaba depositado en su rancho y de allí lo sacaban para las celebraciones anuales, los vecinos los respetaban como si fueran autoridad establecida, y los servían y obedecían con cariño y buena voluntad."

"Joaquín y Ana se llamaban esos señores, y para madrina de la niña se escogió a la comadre Santa Polonia, que vino de Roma en un barco de oro y plata, y llevó a su ahijada a la pila del bautismo."

"María fue el nombre que escogieron para la tierna, por­que aseguran que ese nombre quiere decir muchas cosas lindas: madre, mar, milagro, misa, mayo, y hasta salvación de la muerte... La indita cteció en familia de honradas costumbres, aprendiendo el catecismo desde que empezó a hablar, y como era tan buena y tan graciosa, unas tortolitas encantadas venían todas las mañanas a comet en su mano, y las flores la saludaban cuando ella pasaba por e! camino, inclinándose ante sus pies con gran respeto y perfumándola desde los pies hasta la coro­nilla."

' 'Cuentan que sabía tejer como la gente de enantes, y lim­piar la casita hasta dejarla hecha una hostia; molía el nixtamal como la mejor molendera de las fincas y preparaba carnes y ma­sas con esos aliños que vuelven agua la boca."

"Un día la vio en el mercado un carpintero ya enttado en años que se llamaba José, y poco después mandó a la pedidora al rancho donde vivían los padres de la joven, pues se le había metido entre ceja y ceja la necesidad de que la solterita fuera su esposa... Siete fanegas de maíz y siete de frijol bien escogido —más una gallina copetona y un gallo de los que no se cansan de echar el ala— tuvo que pagar por la mano de María, pero el precio le pareció una verdadera ganga, porque se llevaba a la mujer "que era bendita entre todas..."

"Para no cansarles con mi cuento, los novios se matrimo­niaron por sacramento, y se fueron a vivir a un terreno que habían comprado cerca de un ojo de agua... Ahí se instalaron como esposos que se quieren de veras, que se sirven sin rezon­gos y se saben perdonar.

"Una tarde, cuando empezaba a caer la nochecita, la re­cién casada se puso a rezar el rosario porque ya había preparado la cena y su marido tardaba en llegar... Entonces, como si se hubieran abierto las puertas del cielo, bajó de lo alto una gran luz que parecía cola de cometa, y un ángel del Señor apareció a medio rancho con un vestido de pura seda, y con una azucena de perlas y diamantes entre las manos benditas."

"—María... —dijo el ángel después de saludar a la joven—. Nuestro Amo sabe muy bien que vos sos mas honrada y cabal que todas esas niñas que andan cosidas a las enaguas de sus señoras madres, y que la prueba de que tu marido es puro y humilde como el más cristiano, está en los nardos que tiene ahora su cayado de palo seco... Por todo eso el Señor los ha es­cogido a los dos para algo muy grande, y a vos —preciosa— pa­ra hacerte Reina del Cielo... No me digas que estoy bromeando y que todo lo que te cuento es pura coba, porque puedo jurarte por estas cruces que mis palabras han de cumplirse en tu perso­na... Dentro de unos meses te nacerá un niño saníto y gordo —por obra y gracia del Espíritu Santo— y ese niño será, según está anunciado por los profetas, el hijo de Dios que ha de salvar al mundo..."

"Aunque la Virgen sintió un gran jolgorio en el corazón —como cuando era el día de su cumpleaños— se amishó toda la pobrecita, y la lengua se le hizo como de trapo, pues es cosa peliaguda hablar a solas con espíritus de la otra vida."

"Después, sacando fuerzas del gran susto, se arrodilló an­te el mensajero que se llamaba San Gabriel, y al fin pudo darle las gracias por la buena nueva que le traía... Se oyó entonces una música de vioiines, y un aroma de alhucema del llano se re­gó, suavecito, por el rancho y por el solar."

"Cuando volvió José de su taller del pueblo María le contó lo que había sucedido, con pico, patas y cola; pero él no se alar­mó ni se puso a mirar espantos como hombre caviloso, porque ya el ángel se le había aparecido entre dos tablones y le había contado la mismísima historia..."

"Pasado el milagro todo siguió tan tranquilo como antes, y la pareja de casados guardó el secreto del niño divino entre pecho y espalda, para que nadie metiera su cuchara donde no cabía."

"José carpintereaba y sembraba su maicito; la joven vendía huevos y tortillas en el mercado, y los dos juntos iban llenando una pina de barro —que era alcancía de llobasco— con reales y tostones que economizaban poquito a poco."

' 'Una noche le picó a José la araña de las andanzas, y al día siguiente amaneció hablando del otro Estado... Le habían dicho que detrás de esos cerros se podía hacer fortuna en un abrir y cerrar de ojos, y tal vez hasta llegar ajerusalem de Tierra Santa, que es una ciudad que tiene puertas de espejo..."

Como los indios tenemos patas de chucho y no nos asus­tan los caminos ni el mal tiempo, la niña Maruquita decidió acompañar al esposo en su viaje a otras tierras, porque era mu­jer que prefería cualquier peligro a la melarchía y los suspiros que hay en la soledad."

"Los dos se fueron una mañana por esos soles, con sufi­ciente bastimento en las alforjas de pita, y con loza de Izalco en el cacaxtle del hombre, para ir vendiendo baraturas a otros ca­minantes. .. Durmieron como Dios manda en posadas que iban encontrando noche tras noche, pues quien sabe saludar en lengua de naturales siempre encuentra por esos rumbos un techo que lo ampare y un compadre que le ofrezca un bocado sabroso... Asi llegaron a reinos nunca vistos, y pasando por tierras del gran señor Moctezuma al fin se detuvieron cerquita de Nazareth."

"Todo habría acabado sin penas ni contratiempos si a un tal rey de Jerusalem —que se llamaba don Herodes— no se le hubiera ocurrido ponerse a contar a todas las gentes de sus do­minios, sólo por amolarlas y regarles la bilis en el estómago. Cada persona nacida en el lugar o que llegaba a ese suelo como peregrino, tenía que inscribirse en los libros de un montón de alcaldías, y pagar con cada firma un impuesto que había que ver..."

"Como era la fiesta de Jerusalem la Ciudad Santa parecía el día del juicio, pues los parranderos se peleaban con los haraga­nes, los haraganes con los vendedores, los vendedores con los que compraban, los que compraban con sus mujeres y las mu­jeres con sus maridos y con sus hijos... ¡Había una bulla de to­dos los diablos y faltaba comida para el endemoniado hormi­guero!...

"La Virgen jirimiquiaba como una Magdalena, y la pobre tenía motivos para haberse vuelto un ¡ay de mí!... Ya se le acer­caba la hora del nacimiento de su niño y nadie le quería al­quilar una cama para pasar el mal rato."

"Como entre extraños todo se vuelve tan difícil, la pareja de mi cuenro anduvo buscando hospedaje de puerta en puerta, pero como ninguno tenía ni un tantito de misericordia, al fin tuvo que refugiarse en una cueva donde dormía el ganado, a la salida del pueblo de Belén..."

"Nació el Niño Dios a la media noche de la mera Noche­buena, el pobrecito se hubiera muerto de frío si el buey y la muía no lo hubieran calentado con su juelgo... ¿Quién no sabe que ángeles y querubines bajaron a la tierra para adorar al re­cién nacido?... ¿Quién no recuerda que los pastores y los limos­neros le llevaron regalitos de pobres, y le cantaron y le bailaron basta el amanecer?..."

"Tres magos de oriente llegaron en sus camellos hasta el pesebre de las bestias de trabajo, y como los tres eran adivina dores y sabían echar la suerte a cualquiera, se arrodillaron ante el niño dormido diciendo que en aquella cueva de animales había nacido el verdadero rey de Jerusalem..."

"Pero como la envidia corre en la sangre de algunos hombres y la vuelve amarga y venenosa, y como los justos y santos pagan los pecados de todos nosotros, el malas pulgas de don Herodes buscó al Niño Dios para matarlo ahí mismo, y la sagrada familia salió de Belén a pura estampida, perdiéndose después por caminos que nadie conoce..."

"Lo demás es tan triste y ran negro que es mejor no con­tarlo esta noche, pues si estamos celebrando la Navidad del año no hay que echar lagrimones sobre pitos y buscaniguas..."

"Lo que yo no entiendo es por qué mal capricho San José no regresó a la tierra de sus mayores; por qué necesidad de pobre Nuestra Señora se resignó a criar a su cipote entre gente desconocida..."

"Si el índito Jesús hubiera vuelto a estos lugares antes de hacerse hombre entero, creo que habría llegado a viejo sin grandes privaciones. ¡Si hubiera regresado con sus padres a esre suelo de cristianos, no lo habrían clavado en la cruz los cheles y los judíos!..."

El encuentro sagrado

Bajo la copa de un maquilishuat florecido yo contemplaba los celajes de la tarde y el abierto paisaje veranero, ahora con­vertido en estampa de oro.

Cinco años al lado de las monjas habían afinado mi sensi­bilidad y abierto nuevas puertas a mi espíritu. Estaba en la edad en que nuestras emociones son más intensas, y en la que algunos cariños se nos convierten —de pronto— en verdaderos apasionamientos.

El cálido febrero me entregaba su fuego en muchos árbo­les, y las golondrinas de países extraños olvidaban sus viajes en las ramas de las antiguas ceibas. Por ásperos caminos el ganado regresaba a los corrales, obedeciendo mansamente la voz de va­queros, y perros sucios y flacos —esos perros que siguen al cam­pesino por todas partes— corrían y ladraban entre nubes de polvo.

Siempre gocé los olores de mi valle como una bestia joven: el fino aroma de las flores y de las yerbecillas del suelo; la fra­gancia de la arboleda rumorosa, que llenaba mis pulmones de salud y mi cuerpo entero de deleite.

En el atardecer de aquel ardiente día los campos entrega­ban a mi olfato su madurez completa, y un algo de mar escon­dido, sal y yodo entre el perfume de los chupamieles, me obli­gaba recordar que la tierra de mi niñez es una playa dulce, ele­vada apenas sobre el vaivén de las olas.

La brisa me trajo campanadas y palomas del ángelus, y las fue llevando más allá de las colinas; el volcán familiar —con ro­jos y amarillos en su manto— recogía reflejos de los celajes y con ellos enjoyaba su turbante de humo.

En esos momentos vi que mi padre acababa de llegar a mi lado y que se sentaba sobre la yerba, apoyando su espalda en el tronco del maquilíshuat. Sobre nuestras cabezas caían —como alas de mariposas— las flores que se iban desprendiendo de los ramilletes y que parecían rosadas nubes.

Guardamos silencio por largo rato; yo, captando la pulsa­ción de todo lo que me rodeaba; él, absorto en sus propios pen­samientos. Para sacarlo de su meditación traté de hablar de cualquier cosa simple, pero en ese instante él, silencioso, levan­tó la cabeza y se puso a contemplar la hermosura de aquella exhuberante florescencia. Quedó como abstraído por un rato, sin prestar atención a mis palabras, y luego, quizás por vaciar lo que tenía en su corazón, recitó en su propia lengua unos versos sonoros, que hasta muchos años después supe que pertenecían a la obra poética de Henry King, obispo de Chichester. Al ter­minar de decirlos volvió a enmudecer; pero recordando que mi conocimiento de inglés era elemental, los repitió con voz lenta, esta vez ttaduciéndolos al español. Me sentiría feliz si pudiera escribir esos versos ahora, tal como los oí de labios de mí padre en la adorada tarde de aquel verano; mas como la brisa se en­cargó de perderlos entre yerbas y hojas, tendré que tomarlos de otro traductor:

¡Gallardas flores... si yo pudiera ser tan atrevido

como vosotras y tan poco vanidoso!... Ofrecéis vuestro inocente espectáculo y luego regresáis a vuestros lechos de polvo. No tenéis orgullo porque conocéis vuestro origen: porque sabéis que vuestros bordados trajes sonde polvo. Obedecéis a los meses y a las edades, mientras yo me empeño en estar siempre enprimavera. Mi destino no quiere saber de invierno, ni de muerte

ni siquiera pensar en estas cosas.

¡Ah, si yo pudiera contemplar mi nicho del suelo

y sonreír, y ser tan feliz como vosotras!

Enseñadme a mirar a la muerte sin temerla,

reconociéndola tan sólo como una tregua.

¡Cuántas veces he visto vuestro triste funeral

y luego vuestra frescura airosa!

¡Gallardas flores... enseñadme que mi aliento debe endulzar y perfumar mi muerte!

Misteriosas eran aquellas estrofas y demasiado altas para mí; pero todo ayudaba a que yo intuyera —en gran parte— el hondo contenido de la espiritual revelación: el cíelo que se volvía color de ceniza y las estrellas que empezaban a abrir­se; la voz del hombre llena de emocionada reverencia; los pro­pios sueños del alma, secretos y nostálgicos... Algo dentro de mi pecho latía de un modo extraño... Se derrumbaban mu-rallones interiores y una luz invisible me iluminaba el conoci­miento, como si amaneciera en vez de anochecer.

Mi padre se puso de pie y buscó el camino que conducía a la casa. Yo le seguí con pasos de sonámbula, comprendiendo entonces —con mi corazón y no con mi intelecto— que la belleza era todo aquello... ¡aquello que acababa de mirar, de escuchar y de sentir!

Hablando con mi madre

Al terminar de escribir este libro de recuerdos quiero de­cirte —¡amada madre muerta!— palabras que no me atreví a pronunciar cuando vivían en nuestro mundo, pero que vibra­ban en el fondo de mis secretos como burbujitas de amor.

Me duele no haberlas dicho entonces, pues te pertenecían desde mis primeros esfuerzos por aprender el lenguaje huma­no. Sin embargo, sé muy bien que el silencio, guardián de sueños y de cantos, nunca fue motivo de incomprensión entre tú y yo. ¿Acaso no eras la silenciosa por excelencia?... ¿No preferías una sonrisa a un verso y una incompleta lágrima a cualquier promesa o disculpa?...

En suave ordenamiento recogías mis arrebatos de criatura rebelde. Quizás porque sospechabas que yo sabía volar mejor que muchos pájaros, con algo misterioso ibas señalando huellas de tormentas. Pienso que en tu rostro y tu cuerpo se conserva­ba, siempre intacta, la tierra de mis primeros goces. Por eso aquí la tengo, regalándome yerbas de septiembre, flores del ve­rano con todos sus adornos, caminos que me llevan a parajes se­guros y agua de la tinaja y del arroyo cargado de luz. Tu monta­ña de paciencia me hacía recordar la de mis excursiones de ni­ña, recogida en su misterio y palpitante en cada asilo y cada verde.

Un milagroso fuego escondías en la humildad de tu perso­na: de él sacabas la fuerza para mantener erguida y llena de vir­tudes tu natural fragilidad. Pendiente del reloj, sabías emplear sin desperdicios lo mejor de tu tiempo, y gracias al deseo de ser­virnos, en arte transformabas el oficio doméstico. Si a veces parecías más anciana que las abuelas de los retratos, en ciertas horas recobrabas, como por encanto, inexplicable juventud.

¡Vida que me alzó suavemente de sus raíces más hondas!... ¡Sepulcro ya cubierto por vegetales mantos, donde un brote de lirios trata de no sufrir la extraña soledad!...

Vuelvo a mi amanecer porque amanezco envejeciendo, y el poema que te leí una tarde y tú escuchaste sin comentarlo, de nuevo adquiere, por amante, su dulce sencillez:

¿Cómo contar la infancia?...

Mi voy jugando de jugar de juegos...

La falda de mi madre:

ese almidón sembrado de violetas.

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